¿Para qué quiero un blog?

jueves, junio 25, 2009

Rima XXXVIII

Las monedas fuera de curso legal, los calcetines desparejados, las cuatro fotocopias compulsadas del DNI que hay que entregar para cualquier trámite burocrático, los lápices demasiado cortos después de haberles sacado punta doscientas cuarenta y tres veces, los boletos de lotería no premiados, las bombillas fundidas, los cepillos de dientes de los ex novios.

Cuando uno hace limpieza, le da por recitar a Bécquer.

domingo, junio 21, 2009

El virus R de la ruptura sentimental

Se han detectado numerosos casos de rupturas sentimentales inesperadas en varios puntos de España. Las investigaciones han descubierto que se trata de una variante del virus R altamente contagiosa.
La incubación puede durar semanas e incluso meses. Los primeros síntomas son las discusiones sin motivo aparente con el cónyuge que, pronto, degeneran en peleas más serias, en falta de comprensión mutua y en sentimientos de interés o atracción hacia otras personas. Para evitar el contagio, las autoridades sanitarias recomiendan la tolerancia y la empatía, así como el uso de la alianza en lugares de encuentro social, donde se corra el riesgo de conocer a personas aparentemente más atractivas que la propia pareja y portadoras del virus R.
Aún no se ha descubierto la cura a esta grave enfermedad, pero los científicos investigan la creación de un amor de verano prorrogable que pueda atenuar las secuelas de la ruptura. Otras terapias paliativas son las conversaciones con amigos que apoyen el punto de vista del enfermo, la consulta de la agenda en busca de números de teléfono de ex parejas y las salidas a lugares en los que sea posible entablar relación con otras víctimas del virus. Sin embargo, no es recomendable abusar de ninguno de estos tratamientos.
En vista del alarmante crecimiento del número de infectados por el virus R, la Organización Mundial de la Salud se plantea elevar el nivel de alerta de pandemia de ruptura de la fase 4 a la fase 5.



viernes, mayo 29, 2009

Palimpsesto

Si los ogros gruñones tienen ojos azules y hablan francés, las princesas ejercen su derecho a olvidarse de los príncipes valientes. Por eso, los caballeros han optado por aparcar sus corceles y sus nobles promesas para conducir automóviles deportivos y hacer regalos caros. A veces funciona.

sábado, mayo 09, 2009

Botas de agua

Pensé que llegaría enseguida: sin tener que evitar las zonas encharcadas, vadear los arroyos que se forman junto a los bordillos, dar un rodeo cada vez que encuentro una acera inundada, o andar de puntillas para no mancharme los pies de barro. Sin embargo, aún no he llegado. No me ha quedado más remedio que pararme a saltar en cada charco.

viernes, marzo 27, 2009

Certidumbre

A ratos me siento confundida, pero el resto del tiempo tengo las ideas totalmente claras. El cincuenta por ciento de las veces tengo la certeza de que quiero seguir adelante, y el otro cincuenta, estoy absolutamente convencida de que preferiría echarme atrás.

miércoles, enero 21, 2009

Chuzos de punta

–Buenos días, soy el afilador. ¿Tiene usted algo que afilar?
–Pues… creo que no. ¡Ah, sí! ¡Espere! ¿Podría usted afilarme la lengua? Es que la tengo un poco roma y no logro criticar todo lo hirientemente que yo quisiera. Y el ingenio, por favor, que últimamente ando poco aguda. ¿Afila usted ingenios? Y verá… ¿podría usted afilarme un poco por aquí, el cuero cabelludo? Por mucho que me asuste, nunca se me ponen los pelos de punta.
–Esto… Me temo que no puedo ayudarle. Yo sólo afilo objetos metálicos, ¿no necesita afilar algún utensilio de hierro, de acero…?
–¿Objeto metálico? Pues… ahora que lo dice, sí. ¿Podría afilarme este cuchillo? Es que, con él, ni pincho ni corto.

martes, diciembre 02, 2008

C. G. Jung

–¡Psht, psht! ¡Despierta!
Entreabrí los párpados, pesados como el plomo, intentando separar la realidad de las últimas imágenes del sueño del que había sido arrebatada tan bruscamente. Un cielo gris pálido anunciaba el inminente amanecer, al otro lado del cristal de la ventana.
–Oye, nena, espabila.
Giré la cabeza instintivamente, hacia el lugar del que provenía la voz que me había despertado. Me dio un tirón en el cuello, a pesar de que el movimiento debía de haber sido tremendamente lento, pues mis músculos aún seguían agarrotados por el sueño.
–¡Ya era hora!
Di un respingo. Había alguien en mi cama. Un desconocido.
–Anda, guapa, muévete un poco, que me estás pisando.
No entendía nada. ¿Qué hacía allí aquel tipo? ¿Quién era? Intenté acordarme. Entorné los ojos, esforzándome por visualizar el momento exacto en que me había ido a la cama la noche anterior. Todo había sido normal. Rutinario. No lograba recordar ningún detalle extraño.
–Ey, no vuelvas a dormirte, nena, y levanta el pompis.
Pestañeé para asegurarme de que aquello no era una visión, de que ya estaba despierta y no seguía soñando. No. Era cierto. Había un tío sentado en mi cama. Un hombre atractivo, fornido, con una larga melena castaña y el torso descubierto.
–Oye, guapa, me estás pillando la cola.
Yo seguía sin comprender. Me incorporé levemente, apoyándome en los codos, e intenté articular una frase coherente. Todo lo que logré fue boquear como un pez, sin emitir ningún sonido, mientras trataba de organizar mis pensamientos, aún sumidos en un torpe sopor.
–Verás, es que tengo un po-qui-tín de prisa –dijo él, enfatizando las últimas sílabas de la frase–, ¿sabes?
–¿Qué? –pregunté por fin, sorprendida.
–Que muevas el trasero, que me estás pillando la cola y, así, no puedo marcharme.
Sin ser muy consciente de mis actos, hice lo que me pedía, apoyando las manos sobre el colchón. Noté que algo se deslizaba bajo las sábanas. Entonces, el desconocido se puso de pie, alcanzando una estatura colosal.
–Ha sido un placer, monada –dijo con cierta ironía–, pero yo me largo.
Y con un resoplido, se dio media vuelta y salió de la habitación con un leve trote, cerrando la puerta tras de sí.